El video de TikTok que acumula más visualizaciones no muestra una escena cotidiana de Valentín Álvarez —aunque estas también despiertan cientos de miles de reproducciones—, sino uno en el que Maite Acosta abre su corazón para describir cómo fue la llegada de su hijo autista a su vida. Detrás de esos números hay cientos de miles de familias que comparten las mismas vivencias, incertidumbres y alegrías de criar a un hijo o una hija con autismo.
"Tuve que hacer un funeral secreto por la madre que pensé que sería", confiesa Maite en el inicio de ese material, donde desnuda el proceso de descubrir el trastorno, la negación inicial y el camino posterior. "Nadie te advierte del duelo por ti misma", agrega. "Me costó perdonarme. Tuve que enterrar a esa madre perfecta que quería ser para ser la madre leona que mi hijo necesita", relata en una publicación que alcanzó un millón cien mil reproducciones. Otros contenidos, como el inicio de su paso por la colonia de vacaciones o una escena en la que le roba un camioncito de juguete a un vecino, superan los 1,3 y 1,4 millones de visualizaciones respectivamente.
La cuenta de TikTok comenzó siendo de Maite. Desde hace cuatro años, ella narra con su voz cada escena que involucra a Valentín: le pregunta, lo interroga y juega. Valentín tiene 20 años, retraso madurativo y autismo. Le gusta caminar, andar en bicicleta, jugar con los perros, meterse al agua en verano y le fascinan los objetos que giran; puede quedarse mirando un ventilador durante horas o detenerse frente a un lavarropas en funcionamiento. Cree en Papá Noel y espera la llegada de la coneja de Pascua. "Es un niño eterno", define su madre al hablar de su inocencia en un cuerpo de veinte años.
Los videos nacen de situaciones sencillas como caminatas, charlas, paseos en bicicleta, comidas o comentarios inesperados. No hay guiones, actuaciones ni puestas en escena; están Valentín, Maite y la vida cotidiana de una familia de Toay. Entre las publicaciones se destaca una que retrata su fascinación por la instalación de los semáforos en el pueblo, un hecho que movilizó a toda la localidad. Cuentas en Instagram superaron las tres millones de reproducciones y los contenidos llegaron a países como Colombia, Chile, Uruguay, España y Estados Unidos.
No obstante, más allá de las cifras, lo que conmueve es el vínculo entre ambos: la forma en que Maite le habla, le responde, le explica e intenta mantener una conversación, la paciencia construida durante dos décadas y la ternura de un hijo que conserva su inocencia.
Diagnóstico, terapias y una infancia desbordada
Maite tiene 49 años. Además de Valentín, es madre de Sol, de 27 años, quien estudia Derecho y vive en Córdoba. En Toay, a 630 kilómetros de distancia, residen Maite, Valentín y Darío, el padre del joven, donde desarrollaron una historia familiar marcada por terapias, diagnósticos, corridas, sustos y aprendizajes.
Cuando Valentín tenía alrededor de un año y medio, Maite notó que algo era diferente en comparación con el desarrollo que había conocido con Sol. Vivía en su propio mundo: era muy tranquilo, casi no lloraba, pero tampoco respondía a los estímulos habituales. Tras consultar al pediatra, fue derivado a neurología y, mediante una resonancia, recibió las primeras explicaciones sobre un cuadro denominado por entonces TGD. Sin la disponibilidad actual de información en internet, su prioridad fue iniciar inmediatamente fonoaudiología, terapia ocupacional y estimulación temprana.
El diagnóstico certero llegó días después durante una caminata con Darío, quien había estado investigando y le advirtió: "Vos no tenés idea de lo que se nos viene con Valentín. Nos va a cambiar la vida". Mientras los primos de Valentín crecían, hablaban y caminaban, ella lo llevaba de una terapia a otra. "Yo nunca terminé de aceptar realmente lo que tenía Valentín. Cuando el retraso madurativo se va a centuando, a medida que él va creciendo, ahí te vas dando cuenta", explica.
La etapa más compleja transcurrió entre los tres y los 13 años, con una década sin tregua debido a la extrema hiperactividad del niño, que salía corriendo sin medir peligros. Tras buscar respuestas en La Pampa, el Hospital Garrahan y el Fleni —donde una junta médica evaluó el caso durante 10 días—, Maite accedió a la medicación que inicialmente rechazaba. El cambio fue radical: "Logramos entrar al supermercado con el nene de la mano", recuerda.
La vida en el pueblo y la tarde de la fuga
En Toay, la comunidad conoce a Valentín y posee el contacto de Maite para avisar en caso de que lograra escapar pese a las puertas y ventanas cerradas. En una oportunidad, durante el cumpleaños de la nieta de una cuidadora, el joven se evadió. Maite y Darío iniciaron una búsqueda desesperada en medio de viento y tormenta, alertando a la Policía y recorriendo la zona en vehículos, hasta que lo hallaron a 22 kilómetros, en un campo al que había llegado corriendo.
En otro episodio, mientras bajaban a un compañero de un centro terapéutico, Valentín se subió a una camioneta, la encendió y chocó contra un tapial y una moto, sin que se registraran heridos. La exposición al peligro constante hizo que Maite resumiera: "Nosotros no tenemos vida con él, nuestra vida es él". En la actualidad, aunque ya no se escapa como de chico, la dependencia sigue siendo total: ella lo baña, lo cambia, le corta la comida, le cepilla los dientes y durante años debió levantarse de madrugada para llevarlo al baño.
La llegada a las redes y la respuesta de las familias
Todo comenzó de casualidad cuando una prima filmó a Valentín y subió un video a TikTok. Las visualizaciones crecieron y las preguntas de otras madres sobre el habla, el sueño, los pañales o la medicación comenzaron a multiplicarse. Al responder, Maite descubrió que muchas familias atravesaban su misma situación: "Del otro lado hay muchas familias que necesitan respuestas".
Aunque recibe constantes muestras de afecto y regalos espontáneos, como auriculares o dulce de batata, rechaza monetizar la cuenta: "No estoy exponiendo a mi hijo para lucrar con él". Su objetivo es que quienes reciben un diagnóstico sientan que no están solos.
Ante la afirmación frecuente de que Valentín es "una bendición", Maite responde con honestidad: "Una bendición es tener un hijo sano, un hijo normal. Mi hijo no es una bendición para mí". Ama profundamente a su hijo, organiza su vida en torno a él y reconoce que su cabeza permanece en Toay incluso cuando logra ausentarse unos días, al tiempo que destaca que su hijo es muy mimado, contenido y feliz.

.jpeg)

