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OPINIÓN | Sin señales para un encuentro pacificador

No todos los gobiernos disfrutan de un buen comienzo ni todos los buenos comienzos son augurio de buenos gobiernos.
 
por Julio Bárbaro - Politólogo y Escritor. Exdiputado nacional, secretario de Cultura e interventor del Comfer.
 
Las combinaciones, como todo en la vida tienen infinitas variantes, y los humores tardan en cambiar. A veces, ni siquiera lo hacen. Lo de Macri intentó ser lo nuevo y terminó superando en defectos a lo viejo; claro que eso no permite que lo viejo, solo por ser menos malo que lo que intentó ser lo nuevo, no tenga ese agrio olor a frustración que salpica todo aquello carente de esperanza. Estamos entre dos fracasos con la ilusión de inventar un triunfo, difícil, casi más digno de la magia que de la política.
 
El sectarismo es una práctica que permite conformar y consolidar la fuerza propia a la par que expulsa a los aliados. El discurso en el Parlamento puede haber servido para “adentro” mientras las críticas abundan y definen el escepticismo de muchos, de quienes estaban y estábamos dispuestos a acompañar. Aceptemos que las repercusiones no fueron buenas. Necesitamos forjar una política de Estado más allá de la grieta, de los odios y los miedos, dejar de ocupar el triste espacio de minoría que odia y encarar el desafío de una sociedad donde la diferencia sea un aporte esencial a la riqueza del pensamiento colectivo.
 
Macri solo mejora su partido a partir de su ausencia y justifica su derrota a partir de su frivolidad de niño bien pretencioso y engrupido. Le habían regalado un triunfo inesperado que en solo cuatro años supo revertir en derrota definitiva. De puro ignorante, imagina que “populismo es el coronavirus”, mientras que cuando sus socios y amigos no se pueden llevar en dólares todo lo que roban por intermedio de las tarifas de las privatizadas, estaríamos sufriendo la terrible lepra que tan bien les cabe a estos elegantes. Su obra maestra fue devolverle el poder a Cristina a quien hasta su gurú de cabecera define como la política más inteligente. Eso es lo malo de la prostitución: sus halagos se terminan a la par de los pagos. Los ricos productivos suelen ser patriotas; los otros, los parasitarios, esos siempre son vende patria. A las pruebas me remito. Y no repitamos el error de considerar al campo como principal enemigo. Si no revisamos las ganancias de los sectores improductivos y parasitarios, si no incentivamos la producción, encontrar un chivo expiatorio sirve como excusa pero jamás como solución.
 
Ahora el Presidente tiene dos condicionantes: algunas tensiones internas y la deuda. O quizás actúen tan solo como dos excusas, mientras define un rumbo de país que todavía no tiene delineado. El pragmatismo tiene esas cosas: a veces termina como un oportunismo sin rumbo ni bandera. La relación con Brasil es parecida a la que tenemos con Bolivia o Uruguay: no logramos entender qué opinan ellos desde ese confuso lugar de no saber qué somos nosotros. Difícil entender si el pragmatismo es una obligación que posterga el sueño revolucionario o simplemente si este sueño es un disfraz del pragmatismo. Dudas que flotan y nadie resuelve. Macri creía que nos había insertado en el mundo porque lo invitaban a todos los cócteles; los actuales se imaginan revolucionarios porque se llevan mal con todos los vecinos. Diferentes variables del infantilismo.
 
La política intenta modificar y mejorar la Justicia como si ignorara lo enferma que está ella misma. Los partidos no contienen ni a sus propios afiliados, los negocios sustituyen hace rato a las ideas y los proyectos. ¿Cómo hablar de políticas de Estado con un embajador travestido en diputado? En otros tiempos ganar por un voto trucho sirvió para robarle al país el gas del Estado. Todo se hizo en nombre del peronismo. El tema previsional es lo suficientemente significativo como para merecer un debate parlamentario con la oposición a fin de llegar a un consenso o al menos a una mayoría significativa. La esperanza solo puede ser el fruto de la convocatoria a un encuentro, a superar confrontaciones, ni agredir al campo ni proponer el aborto aporta nada a esa imperiosa necesidad.
 
La Justicia excedió su imagen de dependiente de la política; reformarla ahora resulta mucho más complicado, no se entiende quién está en condiciones de otorgarle al otro la libertad y el criterio de los que carece. O el prestigio social, ese que está ausente hace tiempo en toda la dirigencia.
 
Años donde lo único que crece es la pobreza y la deuda, años donde hay dos grandes partidos convencidos de que la culpa la tuvo el otro. Décadas de decadencia sin animarnos a revisar las causas que la generaron. Ni la eficiencia ni la corrupción son valores unidos a lo estatal o a lo privado; en rigor, hemos vuelto a la tercera posición de lo nefasto: no hay ámbito que nos devuelva la certeza del resultado acertado, del necesario logro. Y la dirigencia, el poder de turno, hace tiempo que no comparte las vicisitudes de los ciudadano. Queda de sobra claro que el poder enriquece a la burocracia en proporción inversa a cómo empobrece a la sociedad. Los partidos ya no contienen los debates de proyectos futuros sino las tensiones entre los intereses de los grandes grupos, y los políticos no sueñan con trascender por sus logros, sus éxitos terminaron siendo individuales. Todo se volvió coyuntural. Nuestros hijos más formados encaran el camino de probar suerte en el extranjero; nosotros nos quedamos atados a una esperanza de patria que hace décadas se niega a manifestarse.
 
Los días del nuevo gobierno son pocos; las necesidades mayoritarias, angustiantes; los logros, escasos y discutibles por ahora. Nada parece llevarnos a un encuentro pacificador. Seguimos sin convocar a la mayoría para forjar políticas de Estado. Sin eso, no hay futuro. Está claro que por ahora no nos animamos a asumir semejante desafío o, al menos, a aceptar que no nos queda otra. Y dentro de todo se nota el esfuerzo del Presidente y de muchos para encontrar una salida, y es ahí donde cada uno de nosotros se siente obligado a apoyar sin negar los errores, a criticar intentando aportar, a proponer como única manera de reencontrarse con la esperanza, primero con la propia, y luego quizás con la colectiva que para recuperar el futuro nos resulta imprescindible.

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