Durante años, en el Bajo Boulogne se repetía una escena conocida: jóvenes sin trabajo, tardes enteras en la esquina y pocas expectativas de conseguir una oportunidad.
A pocas cuadras, sin embargo, empresarios de distintas pymes planteaban exactamente lo contrario: tenían puestos vacantes, pero no conseguían trabajadores que pudieran sostenerlos.
La contradicción estaba servida.
De ese desencuentro nació el programa “De la esquina al trabajo digno”, impulsado por Fundación Esquinas desde la Casa del Joven, un espacio vinculado a la parroquia Santa María del Camino, en San Isidro.
Quince años después, el resultado es concreto: unos 300 jóvenes lograron vincularse con el mundo laboral a través de la organización.
Conseguir trabajo era apenas la mitad del problema
La iniciativa comenzó casi de manera artesanal.
Ignacio Zervino, economista, docente y actual coordinador de la Casa del Joven, empezó ayudando a los jóvenes del barrio a preparar un currículum y conectándolos con pequeñas fábricas que necesitaban empleados.
Los primeros ingresos laborales parecían confirmar que el problema estaba resuelto.
No fue así.
Poco después comenzaron a llegar los llamados de los empleadores: trabajadores que faltaban los lunes, conflictos con supervisores, peleas dentro de las fábricas o dificultades para adaptarse a las reglas básicas de un empleo formal.
La conclusión cambió por completo el enfoque.
No alcanzaba con conseguirles un puesto. Había que enseñarles también a sostenerlo.
“Al principio le mendigábamos trabajo a las empresas. Después entendimos que lo que hacíamos les servía a ellas también”, explicó Zervino.
Así apareció el verdadero corazón del programa: acompañar antes, durante y después de la incorporación laboral.
El problema que nadie veía
Para muchos de los jóvenes que llegan a Fundación Esquinas, buscar trabajo no consiste simplemente en entregar un currículum.
Algunos terminaron recientemente la escuela. Otros todavía adeudan materias. También hay jóvenes atravesados por consumos problemáticos, contextos familiares complejos o historias marcadas por la violencia.
Muchos directamente no saben cómo enfrentarse a una entrevista, cómo preguntar cuánto van a cobrar o qué hacer cuando tienen un problema con su jefe.
Las reuniones del programa se realizan una vez por mes y actualmente participan alrededor de diez jóvenes de entre 18 y 30 años.
Allí aparecen los operadores barriales: vecinos capacitados para acompañarlos y convertirse en una referencia cercana.
Una de ellas es Verónica Iribarne.
“El que lleva bastante tiempo en un trabajo aconseja al que recién empieza o al que está buscando”, explicó.
La lógica rompe con el esquema tradicional de una bolsa de empleo.
Acá, el que consiguió trabajo no desaparece del programa. Vuelve y ayuda al que viene detrás.
Una generación que arranca varios metros atrás
La pelea se vuelve todavía más complicada cuando aparecen los números.
De acuerdo con los datos mencionados en el relevamiento, la desocupación juvenil alcanza el 15%, casi el doble del 7,8% registrado para la población general durante el primer trimestre del año.
Y para quienes crecen en hogares pobres, la situación es todavía peor.
Según un estudio del Observatorio de la Deuda Social de la UCA citado en el informe, apenas el 3% de esos jóvenes logra acceder a un empleo formal.
Es decir: para algunos, llegar a una entrevista ya significa haber superado varias barreras previas.
Por eso, antes de postular a una persona para una vacante, la fundación evalúa distintas condiciones: que pueda sostener una rutina, que no atraviese conductas de riesgo incompatibles con el empleo y que tenga algún referente positivo en su entorno.
Después aparece la posibilidad concreta.
La mayoría de las ofertas proviene de pymes de la zona norte bonaerense, especialmente empresas metalúrgicas ubicadas entre Vicente López, Munro, San Martín y Pilar.
Aprender a frenar antes de explotar
Uno de los problemas que más trabajan dentro de los grupos es lo que llaman la “mecha corta”.
La reacción inmediata ante una discusión.
El impulso de responder con violencia.
El sentimiento permanente de que alguien intenta aprovecharse.
“Muchos pibes vienen de situaciones tan duras que sienten que el otro se va a aprovechar de ellos apenas pueda”, explicó Iribarne.
Ese aprendizaje fue central para Sebastián Costa, quien llegó al programa hace siete años.
Él mismo resume su pasado sin demasiadas vueltas: “Fui todo lo que estaba mal”.
Creció en el Bajo Boulogne, comenzó muy joven a transitar ambientes atravesados por el alcohol, las drogas y la violencia y terminó acostumbrándose a resolver los conflictos de la peor manera.
Hoy trabaja de noche en una fábrica de helados.
Y todavía participa de las reuniones.
“Me ayudó a trabajar la tolerancia”, reconoció.
Cuando aparece un problema laboral, intenta frenar antes de reaccionar.
A veces, asegura, cuenta hasta 200.
De la esquina a una fábrica y un departamento
La historia de Maximiliano Franco, de 22 años, muestra otra cara del mismo recorrido.
Es el menor de diez hermanos y durante su adolescencia llevó lo que él mismo define como una doble vida.
En su barrio mantenía un perfil relativamente tranquilo. A treinta cuadras, en Villa Hidalgo, se movía dentro de un ambiente completamente distinto.
Empezó consumiendo marihuana y terminó rodeándose de jóvenes vinculados con delitos.
La alarma llegó cuando varios de sus amigos terminaron presos.
A los 18 años entendió que podía seguir el mismo camino.
Un taller de boxeo de la Casa del Joven terminó funcionando como puerta de entrada para otra cosa.
“Me puse las pilas”, cuenta.
Hoy trabaja en una fábrica de Villa Adelina y alquila un departamento con su pareja.
Mensajes diarios, sueldos y hasta un parche para la bicicleta
El diferencial del programa aparece con mayor fuerza cuando el joven finalmente consigue empleo.
Ahí empieza una etapa todavía más intensa.
Durante los primeros tres meses, el acompañamiento puede incluir mensajes diarios, recordatorios de horarios, ayuda para administrar el sueldo y consejos prácticos para llegar al trabajo todos los días.
La asistencia baja a detalles que pueden parecer mínimos, pero que muchas veces definen si una persona conserva o pierde su puesto.
Un ejemplo resulta casi brutal por su simpleza: recomendar que el joven lleve un parche para la bicicleta por si pincha camino al trabajo.
“Es una especie de marcación cuerpo a cuerpo”, bromeó Zervino.
El seguimiento también alcanza a las empresas.
Cuando surge un conflicto, la fundación intenta intervenir antes de que termine en despido.
“No les soltamos la mano ni a los chicos ni a sus empleadores”, explicó el coordinador.
Cuando el trabajo deja de ser solamente un sueldo
En Fundación Esquinas entendieron algo que muchas políticas laborales pasan por alto: conseguir trabajo y estar preparado para sostenerlo son dos problemas diferentes.
Por eso, el programa no promete empleos mágicos ni garantiza una vacante para todos.
Trabaja sobre algo mucho más complejo: hábitos, vínculos, frustraciones, autoestima y adaptación.
Actualmente, la Casa del Joven recibe en promedio a unas 100 personas por mes desde los 16 años, con talleres de panadería, ploteo, manicuría y bijouterie, entre otras actividades.
Pero el núcleo sigue siendo el mismo.
La esquina no desaparece porque alguien la critique desde afuera.
Se transforma cuando aparece otra posibilidad.
Fundación Esquinas lleva 15 años intentándolo y ya consiguió que 300 jóvenes pasaran de esperar una oportunidad a empezar a construirla.
En un país donde conseguir el primer empleo se volvió una carrera de obstáculos, la experiencia demuestra que muchas veces el problema no es solamente que falte trabajo.
También falta alguien que enseñe cómo llegar hasta él y, sobre todo, cómo no perderlo en el camino.

.jpeg?dncb=20260901011941-8821)


