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Abigeato en La Pampa: condenas que llegan tarde pero exponen un delito estructural que el Estado ya no puede seguir subestimando

23 Marzo 2026

Otra vez el delito rural en el centro de la escena. Y otra vez la Justicia llega —tarde, pero llega— para poner un mínimo de orden en un terreno donde durante años reinó una mezcla de abandono estatal, zonas grises y una preocupante tolerancia cultural al “robo chico”.

El fallo de la Sala A del Tribunal de Impugnación Penal no deja demasiado margen para interpretaciones livianas: esto no fue un hecho aislado ni una necesidad circunstancial. Fue, lisa y llanamente, una maniobra organizada de sustracción, traslado y reventa de hacienda.

Ahí está la clave. Durante años se intentó romantizar el abigeato como una suerte de delito de subsistencia. Pero este caso desnuda otra cosa: logística, coordinación, uso de camiones, falsificación documental y hasta intentos de “blanqueo” del ganado robado. Es decir, un esquema delictivo con niveles de planificación que lo acercan más a una empresa ilegal que a un acto desesperado.

Las condenas que marcan un límite

Las penas ratificadas —5 años y 9 meses para Ernesto Galarza y 4 años y 9 meses para Pablo Verot— no son menores. Tampoco son simbólicas. Y eso importa.

Porque durante demasiado tiempo el mensaje implícito fue otro: que robar ganado era un delito de baja intensidad, con escasas consecuencias reales. Este fallo corrige parcialmente esa señal. El Tribunal fue claro: no hay desproporción en la escala penal cuando lo que se investiga es una estructura organizada que ataca directamente la producción.

En una provincia como La Pampa, donde el campo no es un actor más sino el motor económico, este tipo de delitos no solo afectan a un productor. Impactan en toda la cadena.

La absolución de Sett: la duda razonable, pero también un síntoma

El otro eje del fallo —la absolución de Nara Sett— abre un debate incómodo. El Tribunal sostuvo que no se probó que supiera que la documentación era falsa. Correcto desde lo jurídico: sin dolo, no hay condena.

Pero el caso deja una pregunta flotando: ¿hasta qué punto la estructura delictiva se apoya en figuras periféricas que operan en la zona gris de la “desconexión conveniente”?

No hay prueba, no hay condena. Así funciona el Estado de Derecho. Ahora bien, eso no implica que el sistema no deba afinar los mecanismos de control sobre la trazabilidad del ganado y la documentación.

Porque si el delito se profesionaliza, la respuesta también debería hacerlo.

El trasfondo: un problema estructural

El dato más preocupante no es la condena. Es lo que revela:

  • Campos vulnerables
  • Controles que pueden ser burlados
  • Circuitos de comercialización permeables
  • Y, sobre todo, delincuentes que conocen el negocio desde adentro

Galarza no era un extraño. Era el encargado del campo. Esa traición —la interna— es la que más golpea al sistema productivo.

Conclusión sin maquillaje

El fallo es correcto y necesario. Pero no alcanza para cantar victoria.

Si el abigeato mutó de delito menor a esquema organizado, entonces la respuesta no puede seguir siendo reactiva y fragmentada. Se necesita inteligencia rural, controles más estrictos y una señal política clara: el campo no es zona liberada.

Porque cuando el delito entra por la tranquera —y encima le abren la puerta desde adentro—, el problema ya no es policial. Es estructural. Y mucho más serio de lo que algunos todavía quieren admitir.

 

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