La escuela también necesita cuidar a quienes cuidan

Hay algo de lo que necesitamos hablar con más honestidad: el cansancio de quienes educan.
No aparece en los boletines. No siempre se menciona en las reuniones. No figura en las planificaciones ni se resuelve completando un informe.
Pero está ahí.
Por María Laura Riboyra* - Aula Interna: La educación que nos habita
Está en el docente que llega a su casa y todavía sigue pensando en ese estudiante que necesita ayuda. En quien repasa mentalmente una conversación difícil. En quien intenta encontrar otra estrategia para enseñar, aunque sienta que ya probó todas. En quien escucha los problemas de otros durante toda la jornada y, al llegar a casa, descubre que no le quedan palabras para explicar cómo se siente.
La escuela es un lugar de aprendizajes, encuentros y posibilidades. Pero también es un espacio atravesado por conflictos, exigencias, preocupaciones y emociones que no siempre encuentran dónde alojarse.
A quienes educamos se nos pide enseñar, acompañar, contener, evaluar, resolver, escuchar y volver a empezar. Y muchas veces respondemos a esas demandas con un compromiso enorme, incluso cuando estamos cansados. Porque elegimos esta profesión. Porque nos importan nuestros estudiantes. Porque sabemos que una palabra puede hacer una diferencia y que una presencia oportuna puede cambiar un día.
Pero hay una confusión que necesitamos revisar: tener vocación no significa tener energía ilimitada.
Comprometerse con la educación no debería implicar olvidarse de uno mismo. Acompañar a otros no tendría que exigirnos silenciar permanentemente nuestras propias necesidades.
Y reconocer el cansancio no nos hace menos profesionales. Nos recuerda que también somos personas.
Hablar del bienestar docente no es hablar de comodidad ni de falta de compromiso. Es reconocer que las condiciones emocionales en las que enseñamos importan. Que los vínculos necesitan cuidado. Que los equipos necesitan espacios para conversar. Que las instituciones también deben poder preguntarse cómo están quienes las sostienen todos los días.
No alcanza con pedirles a los docentes que se cuiden si no existen tiempos, condiciones y espacios que hagan posible ese cuidado.
Tampoco alcanza con decir que la educación es lo más importante si no nos detenemos a mirar qué les sucede a las personas que la hacen posible.
Quizás sea momento de dejar de celebrar únicamente a quienes pueden con todo y empezar a construir escuelas donde nadie tenga que demostrar fortaleza a costa de su bienestar.
Desde Aula Interna queremos abrir esa conversación. No para señalar culpables, sino para hacernos preguntas necesarias. No para romantizar el sacrificio, sino para recuperar una idea fundamental: educar también implica cuidar, y ese cuidado debe incluir a quienes educan.
Porque una escuela más humana no se construye solamente con mejores propuestas pedagógicas. También se construye con vínculos que sostienen, con adultos que pueden pedir ayuda, con instituciones que escuchan y con una cultura que no confunde el compromiso con el agotamiento.
Tal vez no podamos resolver todas las dificultades de un día para el otro. Pero podemos empezar por dejar de naturalizar aquello que nos hace mal.
Podemos preguntar cómo está ese compañero que siempre parece poder con todo. Podemos reconocer nuestros propios límites. Podemos generar conversaciones que no se reduzcan a tareas pendientes y resultados.
Y podemos recordar algo que, en medio de tantas obligaciones, a veces olvidamos: No tenemos que poder con todo para ser buenos docentes. También merecemos ser cuidados.
Porque detrás de cada aula hay personas. Y la educación que soñamos para nuestros estudiantes también debería ser una educación más humana para quienes la hacen posible.
* María Laura Riboyra: Docente, autora y creadora de Aula Interna, un espacio dedicado al bienestar emocional, los vínculos y la dimensión humana de la educación.
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