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El absurdo debate sobre el lenguaje inclusivo

Esto está ocurriendo con el llamado lenguaje inclusivo. Sus propiciadores primero intentaron injertar la arroba, que, aclaremos, no es un signo lingüístico y que valía tanto como escribir "amigH2Os". Luego ensayaron con la "x", ("amigxs"), letra impronunciable si carece de apoyo vocálico; más tarde, intentaron con la "e" ("amigues") y ¿por qué no habrían de probar con la "u" o la "i"...? En el andar, el feminismo mal entendido salió al paso con su obsesión por la "a" final, ignorando que disponíamos de un buen caudal de voces con "e" para identificar ambos géneros: "presidente", "cliente". Y, en su obsesión, difundieron "presidenta" y "clienta", pero, arbitrariamente, mantuvieron "poeta" y "atleta" y dejaron las terminadas en "e" para lo masculino. Esto podría definirse como un matete y revela cierta carencia de criterios lingüísticos firmes. 

En estos días, la Real Academia Española (RAE) se pronunció finalmente desde su cuenta oficial de Twitter respecto del uso del término "presidenta", considerándolo la "opción más adecuada" y zanjando una discusión de larga data. Destaca la RAE que dicha forma femenina está presente en el diccionario académico desde 1803. El transcurso del tiempo habrá posiblemente influido, tal como señalamos, a la hora de considerar las modificaciones en el uso de dicho vocablo que ya se han ido instalando.

A pesar de no constituir un cambio desde el punto de vista lingüístico, como vienen señalando todos los académicos de la lengua española consultados desde que empezó a querer imponérselo, parece que el lenguaje inclusivo ha "enamorado" también a parte del ámbito universitario en la Argentina, tierra académica fértil de distintas formas de progresismo.

Que una universidad disponga el elementalísimo recurso de la "e" proclamándolo como cambio fundamental para consolidar la denominada inclusividad lingüística se descarta a sí mismo por su simpleza en la estimación seria del muy atendible problema de la inclusión. Y que lo haga desoyendo el uso de una sociedad y la opinión autorizada de todas las academias de nuestra lengua castellana es grave, porque echa por tierra el criterio del uso y de la especialización que debe regir.

Hace poco, desde estas columnas nos referíamos a que el consejo directivo de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de la Patagonia había aprobado una norma por la cual los estudiantes y egresados de esa casa de estudios podían utilizar el lenguaje inclusivo para redactar los textos que correspondan a trabajos prácticos, monografías y tesis de grado, entre otras actividades. Se agregaron a este "permiso" más entidades de altos estudios. Por un lado, la Universidad Nacional de Córdoba, que a fines del año pasado aprobó su uso dentro de la Facultad de Ciencias de la Comunicación: "Toda expresión no nominativa o no designativa de género así como también el uso de perífrasis y relativos en reemplazo del uso de pronombres; expresiones no reguladas por la academia como "e" y "x", en lugar de vocales que designen pertenencias de identidad de género". En la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA se reconoció también la validez del referido lenguaje, mencionando entre los considerandos que se acompañan los derechos a la identidad de género de la comunidad universitaria. Y, más recientemente, la cátedra de Principios de Derechos Humanos y Derecho Constitucional, que dicta el legislador porteño Leandro Halperín en el Ciclo Básico Común (CBC) de la UBA, anunció que aceptará también el uso del lenguaje inclusivo tanto para los exámenes como para los trabajos prácticos.

Más valiera que la universidad acentuara el diálogo en su propio seno, lo cual sí constituiría un aporte indiscutiblemente inclusivo. Porque vemos diariamente a tantos predicadores del lenguaje con sus "ees" repetidas exhibir la mayor intransigencia e intolerancia hacia quienes no lo respaldan.

Pedro Luis Barcia, quien dirigió la Academia Argentina de Letras por más de una década, destacó la importancia de hacer campaña también para que la escuela eduque desde el nivel inicial en el lenguaje gestual que nos acerca al prójimo: mirarlo, prestarle nuestra atención, ponerle una mano en el hombro. Todas formas del lenguaje corporal previo al lingüístico y realmente incluyente que valen más que una escuálida "e".

Está más que probado que no son los decretos los que cambian la realidad lingüística. En tiempos en que se combatía la monarquía, un decreto del gobierno nacional de 1815 prohibió, sin ningún éxito, el uso de la palabra "pejerrey", que ha llegado incluso hasta nuestros días. Por ahora, vale registrar que el uso del masculino como genérico parece haber entrado en crisis y que habrá que ver cómo evoluciona esta cuestión.

En su cuento "El zahir", Borges recuerda que el esnobismo es "la más sincera de las pasiones argentinas". En nuestro país, esta apasionada adhesión de ciertos medios de comunicación, organizaciones sociales y, ahora, casas de altos estudios al uso del lenguaje inclusivo vendría a ratificar una vez más que nuestro gran escritor nunca se equivocaba al juzgar a sus compatriotas.

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