El dato es contundente: recién ahora, después de años de advertencias, el 21° Distrito La Pampa de Vialidad Nacional inició un relevamiento técnico para determinar la capacidad de carga de la estructura. Traducido: se está evaluando si el puente aguanta o no el peso que diariamente soporta. Una pregunta que, en un país serio, debería haberse respondido antes de llegar al límite.
Los trabajos no son menores. Se utiliza equipamiento especializado con brazo articulado para inspeccionar desde abajo vigas, columnas y apoyos. Y lo que se observa no sorprende: signos evidentes de fatiga estructural, desgaste acumulado y, sobre todo, años de falta de inversión. Porque acá no hay misterio técnico: cuando el Estado se retira o administra mal, la infraestructura se deteriora.
El reclamo político, como suele ocurrir, llegó después. El gobernador de Río Negro, Alberto Weretilneck, calificó la situación como alarmante, poniendo el eje en la seguridad de trabajadores y transportistas. En paralelo, desde el Congreso se impulsó la idea de declarar la emergencia vial por 36 meses en ese tramo. Diagnóstico correcto, pero tardío.
La calzada deformada, los desniveles y el estrés que provoca el tránsito constante de equipos pesados hacia el corazón energético del país no son fenómenos recientes. Son la consecuencia directa de una matriz de gestión que durante años priorizó el corto plazo y la improvisación por sobre la inversión estratégica. El resultado es este: infraestructura crítica operando al límite.
Mientras tanto, la realidad impone medidas de contingencia. El tránsito sobre el puente se mantiene asistido, con reducción de carril y presencia permanente de maquinaria. No es una solución, es un parche. Pero es el parche que queda cuando se deja que los problemas crezcan hasta volverse inocultables.
En este contexto, el desafío del gobierno nacional de Javier Milei no es menor. Ordenar las cuentas está bien, pero la infraestructura no admite ideología: o se invierte, o colapsa. Y cuando colapsa, no distingue entre relato político y realidad.
La Ruta 22 no es un camino más. Es un corredor productivo clave, una arteria por donde circula buena parte del desarrollo energético argentino. Seguir administrándola con lógica de emergencia permanente es, en los hechos, hipotecar ese futuro.
La pregunta ya no es si el puente necesita obras. Eso está fuera de discusión. La verdadera incógnita es si esta vez la política va a llegar a tiempo, o si otra vez —como tantas— la reacción llegará después del problema.